En casi todas las casas existe un lugar que no pertenece completamente al mundo físico.
Puede estar en la cocina.
Puede estar en el escritorio.
Puede ocupar un cajón del mueble de la entrada.
Pero está ahí.
Es el cajón donde guardamos cosas que no sabemos exactamente qué son, para qué sirven ni de dónde salieron.
Y, sin embargo, nadie se atreve a botarlas.
Porque podrían hacer falta.
Algún día.
Para algo.
No sabemos qué.
El cajón comienza con buenas intenciones
Nadie compra una casa pensando:
“En este cajón voy a construir un ecosistema de objetos sin propósito identificable.”
Al principio todo es razonable.
Guardas unas baterías.
Una cinta adhesiva.
Un destornillador pequeño.
Perfecto.
Es un cajón de cosas útiles.
Después aparece un cable.
No recuerdas de qué.
Pero es un cable.
Los cables son importantes.
Lo guardas.
Y ahí comienza todo.
El primer cable desconocido
El cable misterioso es la especie dominante del cajón.
Puede llevar diez años allí.
No conecta con ningún aparato que tengas actualmente.
No reconoces uno de sus extremos.
El otro parece pertenecer a una civilización tecnológica desaparecida.
Pero cuando decides botarlo, aparece inmediatamente una voz interior:
“¿Y si es de algo importante?”
¿De qué?
No sabemos.
¿Cuándo lo utilizaste por última vez?
No sabemos.
¿Existe todavía el aparato?
No sabemos.
Excelente.
Regresa al cajón.
Los cables nunca viven solos
Si dejas un cable dentro durante suficiente tiempo, aparecen otros.
Un cargador que no carga ninguno de tus dispositivos actuales.
Un cable USB cuyo estándar probablemente fue discutido durante el Imperio romano.
Un adaptador.
Otro adaptador.
Un tercer adaptador que parece conectar los dos anteriores con una tostadora.
Y unos audífonos que solo funcionan si sostienes el cable exactamente a 37 grados.
No los usas.
Pero funcionan.
Técnicamente.
La llave sin reino
Después están las llaves.
Toda casa tiene al menos una llave que nadie sabe qué abre.
No es de la puerta principal.
No es del buzón.
No es del automóvil.
No es de ninguna puerta que puedas identificar.
Pero botarla sería una irresponsabilidad.
Porque el día después de hacerlo seguramente aparecerá una puerta misteriosa que solo puede abrirse con esa llave.
Así funcionan estas cosas.
El tornillo que evidentemente pertenece a algo
Un día encuentras un tornillo en el suelo.
Lo levantas.
Lo observas.
Todo parece continuar funcionando.
La mesa sigue en pie.
Las sillas también.
Ningún electrodoméstico muestra señales de colapso.
Podrías botarlo.
Pero sabes que un tornillo no aparece espontáneamente.
Ese tornillo pertenece a algo.
La pregunta es a qué.
Como no tienes respuesta, va al cajón.
Allí permanecerá hasta que algún mueble colapse en 2034 y tú pienses:
“¡LO SABÍA!”
El manual de un aparato que ya no existe
Los manuales tienen una capacidad extraordinaria para sobrevivir a los productos que explicaban.
La cafetera murió.
El ventilador fue reemplazado.
La impresora provocó una crisis familiar y terminó desapareciendo.
Pero sus manuales continúan allí.
Porque algún día podrías necesitar consultar cómo configurar correctamente un aparato que ya no posees.
Prevención.
La pieza de plástico
Este objeto merece una categoría propia.
Es pequeño.
Generalmente negro, blanco o gris.
Tiene una pestaña.
Quizá un agujero.
Claramente fue diseñado por alguien para cumplir una función específica.
La función es completamente desconocida.
Lo sostienes frente a diferentes objetos de la casa.
“¿Será de esto?”
No.
“¿De la aspiradora?”
No.
“¿Del refrigerador?”
Esperemos que no.
Al cajón.
Las baterías bajo investigación
Dentro del cajón existen baterías nuevas.
Baterías usadas.
Y una tercera categoría mucho más interesante:
baterías que podrían tener algo.
Nadie sabe cuánto.
Quizá 70 %.
Quizá 4 %.
Quizá suficiente para encender un control remoto durante nueve minutos.
Sería un desperdicio botarlas sin investigar.
Por eso se mezclan cuidadosamente con las demás para que en el futuro sea imposible saber cuáles eran cuáles.
La cinta adhesiva que técnicamente todavía tiene cinta
Quedan aproximadamente siete centímetros.
Están pegados sobre sí mismos.
Encontrar el extremo requiere instrumentos científicos.
Pero sigue siendo cinta.
Y comprar otra mientras todavía tienes cinta sería irresponsable.
Así que la conservas.
Naturalmente, cuando necesitas cinta compras otra porque no recuerdas que aquella estaba allí.
Ahora tienes dos.
El objeto que guardaste específicamente para recordar qué era
Este es especialmente doloroso.
Cuando lo guardaste sabías perfectamente para qué servía.
Incluso pensaste:
“Voy a ponerlo aquí para saber dónde está.”
Dos años después encuentras el objeto.
Has cumplido la mitad del plan.
Sabes dónde está.
Lo que no sabes es por qué.
Es una variante doméstica de esas decisiones que tomamos para supuestamente simplificarnos la vida y terminan consiguiendo lo contrario. Tenemos más ejemplos en 15 cosas que hacemos para ahorrar tiempo y terminan haciéndonos perder más tiempo.
El cupón vencido
Hay papeles que ingresan al cajón temporalmente y luego adquieren residencia permanente.
Un cupón.
Una tarjeta de una tienda.
Un recibo.
Una garantía.
Una promoción que venció durante una administración presidencial anterior.
Nadie revisa las fechas.
El cajón no reconoce el concepto de caducidad.
La bolsita con piezas sobrantes de un mueble
Compraste un mueble.
Lo armaste.
Sobraron tres tornillos, dos arandelas y una pieza metálica.
El mueble parece estable.
Esto genera dos posibilidades:
A) eran repuestos.
B) has cometido un error estructural que se revelará en el peor momento posible.
Ante la incertidumbre, guardas las piezas.
No sabes cómo ayudarían si el mueble colapsa, porque tampoco sabrías dónde deberían ir.
Pero las tienes.
Eso tranquiliza.
Un día decides organizar el cajón
Este momento llega aproximadamente una vez cada tres años.
Abres el cajón.
Lo vacías completamente sobre una mesa.
Por primera vez puedes contemplar toda la colección.
Es impresionante.
Tienes tecnología de cuatro generaciones distintas.
Piezas de muebles que ya no recuerdas.
Llaves de propiedades posiblemente inexistentes.
Monedas.
Bolígrafos.
Un botón.
Dos clips.
Una tarjeta SIM de procedencia desconocida.
Una pequeña llave Allen.
Naturalmente, empiezas a clasificar.
La clasificación parece prometedora
Creas montones.
Cables.
Herramientas.
Papeles.
Cosas para botar.
Cosas para conservar.
Cosas que requieren investigación.
Durante aproximadamente diez minutos eres una persona completamente nueva.
Organizada.
Decidida.
Minimalista.
Hasta que tomas el primer objeto misterioso.
“¿Esto lo boto?”
Lo miras.
Podrías botarlo.
Probablemente deberías botarlo.
No sabes qué es.
No lo has utilizado jamás.
Pero...
¿y si hace falta?
Lo colocas en el montón de conservar.
Tomas el siguiente.
Mismo proceso.
Después de cuarenta minutos descubres que el montón de basura contiene:
- un recibo;
- un bolígrafo sin tinta;
- un pedacito de papel.
Todo lo demás regresa al cajón.
Pero ahora está organizado
Esta es la gran victoria.
No eliminaste prácticamente nada.
Pero los cables están enrollados.
Las baterías están juntas.
Las llaves desconocidas ahora viven en una bolsita.
Las piezas misteriosas están dentro de una caja pequeña.
Has convertido el caos en un sistema profesional de conservación de objetos inútiles.
Excelente trabajo.
Tres semanas después
Necesitas guardar algo rápidamente.
No sabes dónde ponerlo.
Abres el cajón.
Lo lanzas dentro.
Cierras.
El ciclo ha comenzado nuevamente.
El verdadero propósito del cajón
Quizá hemos entendido mal este cajón durante todo este tiempo.
No existe para guardar herramientas.
No existe para guardar cables.
No existe para guardar cosas útiles.
Su verdadera función es almacenar decisiones que no queremos tomar.
¿Lo necesito?
No sé.
¿Lo boto?
No sé.
¿Qué es?
No sé.
Perfecto.
Al cajón.
Todos tenemos una versión
Quizá en tu casa no sea un cajón.
Puede ser:
- una caja;
- un estante;
- una bolsa dentro de otra bolsa;
- un armario;
- una gaveta del escritorio;
- un rincón del garaje;
- ese recipiente donde viven cargadores desde 2009.
La forma cambia.
La filosofía es la misma.
No sabemos qué es, pero todavía no estamos preparados para despedirnos.
Y existe una ley universal
Puedes conservar un cable durante quince años.
Nunca hará falta.
Nunca.
Pero si finalmente lo botas, exactamente seis días después encontrarás el aparato que lo necesita.
No sabemos quién administra este sistema.
Pero claramente funciona así.
Conclusión
El cajón de las cosas misteriosas es uno de los archivos históricos más completos de cualquier hogar.
Contiene tecnología olvidada, proyectos incompletos, reparaciones futuras y objetos cuya función quizá nunca volveremos a descubrir.
Cada cierto tiempo intentamos organizarlo.
Cada cierto tiempo prometemos botar lo que no sirve.
Y cada cierto tiempo sostenemos una pieza de plástico completamente desconocida y pensamos:
“Mejor la dejo por si acaso.”
Nos vemos en la próxima limpieza del cajón.
Probablemente con las mismas cosas.
Preguntas innecesariamente frecuentes
¿Cuánto tiempo debo conservar un cable si no sé para qué sirve?
Según la tradición doméstica internacional, hasta aproximadamente tres días después de haberlo botado y descubrir para qué servía.
¿Qué hago con una llave que no abre nada?
Conservarla hasta que aparezca el castillo correspondiente. Podrían pasar décadas.
¿Las piezas sobrantes de un mueble son realmente repuestos?
Eso es lo que todos decidimos creer para poder dormir tranquilos.
¿Por qué guardamos baterías si no sabemos si funcionan?
Porque “quizá todavía tienen algo” es una categoría energética reconocida por todos los hogares.
¿Organizar el cajón soluciona el problema?
Sí. Durante aproximadamente tres semanas.
¿Debería botar las cosas que no reconozco?
Esta es una publicación de humor, no estamos preparados para asumir semejante responsabilidad.



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